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La fe que “esconde” al niño

30. November 2021 · 7 Min. lesen

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“ Y cuando vio que era un niño hermoso, lo ocultó por tres meses ” (Éxodo 2:2). “ Por la fe Moisés, después de nacer, fue escondido de sus padres por tres meses, porque vieron que era un niño hermoso y no temieron la orden del rey ” (Hebreos 11:23).

La historia de Moisés nos llevará un paso más allá al enseñarnos cómo la fe de los padres debe guiar a sus hijos. Fue la fe la que llevó a los padres de Moisés a ver la belleza de su hijo; también fue la fe la que les impidió temer la ira del rey; y fue la fe, a su vez, la que los llevó a esconder al niño y salvarle la vida. En cada hijo nacido de padres creyentes, la fe ve la misma belleza, enfrenta el mismo peligro y encuentra el mismo camino hacia la seguridad.

Si los padres mantienen una postura firme ante Dios, incluso si el mundo los desprecie y los odie por ello, pronto aprenderán que tratar de derrotarlos es de poca utilidad.

Solo mediante la fe pudieron los padres de Moisés ver que era un niño hermoso. El amor natural del corazón paternal, sin duda, hizo que el niño pareciera hermoso a la madre; pero la fe vio más de lo que la naturaleza podía percibir. Dios les abrió los ojos, y adquirieron conciencia de algo especial, de una belleza espiritual que hizo que su hijo les pareciera doblemente precioso. Así, la fe ve la gracia y la belleza divinas en cada niño pequeño. ¿No es acaso un ser creado a imagen de Dios, del cual, aunque sea tenuemente, brilla verdaderamente el resplandor de la gloria divina y la vida inmortal?

¿No participa de la gran y gloriosa obra de la redención, en la preciosa sangre de Jesús y en su Espíritu Santo? ¿Un niño cuyo valor supera al del mundo entero? Un niño que, incluso en esta vida, ya puede ser hermano de Jesús, siervo del Altísimo y una bendición para los espíritus inmortales de sus semejantes. Ciertamente, la fe puede llamar a un niño pequeño indescriptiblemente hermoso, pues lo ve brillar como una joya en la corona del Cordero, su alegría y su gloria. Ciertamente, tenemos una esperanza más segura que la que tuvieron los padres de Moisés, y una luz mucho más brillante en la que resplandece la belleza celestial de nuestros pequeños. Oh Padre, abre los ojos de los tuyos, para que su fe vea en cada hijo que les das que es un niño excelente.

Es la fe que no teme al peligro, ni siquiera cuando lo ve. Nuestros hijos siguen expuestos al mismo peligro que Moisés. El Faraón había ordenado que se matara a los hijos del pueblo de Dios. Sabía que si se les quitaba la vida, el pueblo pronto se extinguiría. De esta manera, no era necesaria la guerra con sus disturbios y peligros: la nación debía ser erradicada por medios lentos, secretos, pero seguros. El príncipe de este mundo sigue aplicando la misma política. El espíritu del mundo afirma su derecho sobre los hijos; si estos son conquistados, todos lo son.

Con demasiada frecuencia, los padres cristianos entregan a sus hijos al mundo como presa. Crecen relativamente ignorantes del glorioso Salvador, se les confía a enseñanzas incrédulas o indiferentes y mundanas, y se les permite asociarse y entablar amistad con aquellos cuyo espíritu e influencia son completamente mundanos. ¿Y la iglesia? Lamentablemente, con demasiada frecuencia ha sido demasiado infiel y demasiado débil ante tal peligro. Qué poco ha comprendido que el poderoso apoyo para el futuro reside en la vida familiar; de hecho, su propia causa exige que reciba la instrucción y el aliento de los padres ante todo.

¿Hasta qué punto se ha dejado la educación de la juventud en manos de las escuelas seculares y del espíritu de la época? ¿Cuántos miles de niños se han ahogado de esta manera en el poderoso Nilo de este mundo? El mayor peligro para la iglesia de Cristo no es la incredulidad ni la superstición; es el espíritu de mundanalidad en los hogares de nuestros cristianos, que convierte a los niños en víctimas de la ambición o la sociedad mundanas, la riqueza o la amistad. Si cada hogar ganado para Cristo se convirtiera en una escuela de educación para su ministerio, pronto descubriríamos el secreto de un poder espiritual en su interior.

También es la fe la que siempre encontrará el mismo camino seguro. «Por la fe, Moisés fue escondido de sus padres» (cf. Heb 11:23). Confiaron en Dios con respecto a este precioso niño, pues era uno de los hijos de su pacto. Por la fe, Moisés fue escondido de sus padres. Estas sencillas palabras nos muestran nuestro deber, lo que nuestra fe debe hacer. ¡Esconde a tu hijo! Pero ¿dónde? «Bajo la sombra del Omnipotente» (cf. Sal 91:1), pero «en la luz, ante su presencia» (cf. Sal 44:4).

Aquí, desde su nacimiento, deposita a tu hijo diariamente con fe, y deja que tu alma se llene de la certeza de que Él verdaderamente lo ha tomado bajo su cuidado. Con el primer amanecer de la consciencia, guía sus pasos juveniles hacia las grietas de la única roca y hacia el amor de Jesús como el único refugio seguro. Escóndelo en la tranquilidad del hogar, lejos de las emociones del mundo exterior, de las influencias de una civilización y una educación meramente terrenales. Este ocultamiento, para que el enemigo no pueda encontrarlo, es uno de los primeros y más elevados deberes de la fe.

Cuando llegue el momento de que tu hijo entre en contacto con el mundo, puedes encomendárselo a Él, el Guardián de Israel; ten la certeza en tu corazón de que Él ha aceptado tu confianza y ha asumido su propio cuidado, y que jamás podrá engañar tu fe. Aférrate a la creencia de que tus hijos son hijos de una raza elegida, apartados para Dios, y por lo tanto, deben permanecer apartados para Él.

La recompensa de la fe que recibieron los padres de Moisés también será nuestra. Moisés no solo fue salvo, sino que él mismo se convirtió en el salvador de su pueblo. Tu hijo también debe ser bendecido no solo por sí mismo, sino también por los demás. No todos los niños tienen el mismo llamado que Moisés, pero Dios necesita no solo un Moisés en su reino, sino también una madre y una hermana para llevar a cabo sus propósitos. Que tu fe obre como lo hizo con la madre de Moisés; Dios mismo se asegurará de que nuestro trabajo no sea en vano. La crianza que la madre de Moisés le dio en su infancia fue tal que los muchos años de su educación posterior en la corte del faraón no pudieron borrarla.

La fe de sus padres fructificó en la fe de Moisés cuando declaró su disposición a sufrir con el pueblo de Dios a cualquier precio y no temió la ira del rey, pues lo vio a Él, al Invisible. Que su fe proteja al niño en el arca del amor de Dios, y cuando Dios lo confíe a su fe, que esa fe también lo críe para Dios y su pueblo. Cuando llegue el momento de que el niño salga al mundo, incluso para vivir en la corte del Faraón, seguirá estando seguro en el poder de la fe y bajo el cuidado de Dios. Un niño de fe no solo recibirá una bendición para sí mismo, sino que será una bendición para todos los que lo rodean.

Su hijo no sólo debe ser bendecido por sí mismo, sino también debe convertirse en una bendición para los demás.

Que Dios conceda que la Iglesia se convierta verdaderamente en una «Madre de Moisés», la fiel cuidadora de los niños confiados a su cuidado, a quienes esconde y mantiene apartados del mundo y su influencia. Él cumplirá gloriosamente su promesa si ve cumplido su deber: «Toma al niño y críamelo; yo te recompensaré».

¡Dios misericordioso! Te agradezco de corazón la instrucción que me das a través de tu Palabra, con la cual también deseas prepararme para cumplir mi santo llamado como padre. Te agradezco el ejemplo de los padres de Moisés y te pido que me concedas la gracia que les enseñó a ocultar a su hijo con fe. Señor, sé que aún no comprendo del todo el peligro que enfrentan por parte del príncipe y espíritu de este mundo. Señor, enséñame a reconocer el peligro correctamente y, sin embargo, a no temer jamás la orden del rey.

Abre mis ojos, para que vea con la luz celestial que cada niño confiado a mi cuidado y crianza es un niño precioso que debo criar para tu obra aquí abajo y para tu reino. Ayúdame a protegerlo con la humildad, la vigilancia y la valentía de la fe, y a resguardarlo del poder del mundo y del pecado. Que mi propia vida sea una vida de fe, escondida con Cristo en Dios, para que mi hijo también no conozca otro lugar que este.

El mayor peligro para la comunidad de Cristo no es la incredulidad ni la superstición, es el espíritu de mundanalidad en los hogares de nuestro pueblo cristiano, que hace de los niños víctimas de la ambición de la sociedad, de la riqueza o de la amistad del mundo.

¡Concédele esto a todo tu pueblo, oh Dios mío! Que tu congregación tome conciencia del lugar que le corresponde en este mundo y de que su llamado es ir a la tierra a la que Dios la ha llamado. Que el gran poder de la fe se manifieste en la crianza de los hijos, la diferencia entre quienes te temen y quienes no. Concédenos la gracia de criar a nuestros hijos para ti, nuestro Dios. Amén.

Andrew Murray (1828-1917)

De la vida familiar en Cristo

Todas las citas bíblicas están tomadas de la traducción de Martín Lutero (1912).