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Durante el grupo de jóvenes, anuncian una reunión de oración para el próximo domingo. ¿Qué pienso al escuchar esto? ¿Pienso: "Otra reunión de oración..."? ¿O anhelo entrar en comunión con mi Señor? ¿Quizás lo encuentro inapropiado, o incluso una carga?
Una decisión consciente
Objetivamente hablando, la oración es un tema muy sencillo. Sin embargo, al examinarla más detenidamente, se hacen evidentes muchas facetas. La oración siempre debe ser una decisión consciente, una que debo renovar cada día. Es una firme resolución de entrar en comunión con mi Creador. Las influencias externas no deberían influir significativamente en esto. Pero, por desgracia, estas son precisamente nuestros mayores enemigos.
Incluso si nos proponemos firmemente buscar el rostro del Señor en oración cada mañana antes de salir de casa, inevitablemente surgen cosas que intentan distraernos de nuestra intención. Y cuántas veces nos sorprendemos pensando: "Oh, rezaré en el coche".
Posponer la oración hasta la noche a veces puede ser perjudicial. El cansancio que alcanza su punto máximo al final del día se convierte en un gran obstáculo. Esto puede llevarnos a vivir nuestra vida de oración de forma desordenada. Imaginemos si Dios, quien todo está en sus manos, moldeara la comunión con su creación según el azar.
A más tardar, este pensamiento debería dejarnos claro que tal comunión nos traería gran daño. Consideremos el comienzo de la Biblia, cuando Dios creó a la humanidad. Incluso allí, buscó la comunión con sus criaturas al atardecer (cf. Génesis 3:8a). Si Dios se tomó el tiempo para esto, cuánto más deberíamos nosotros, que dependemos completamente de Dios, reservar un tiempo específico para buscarlo.
Jesús también nos dio un buen ejemplo. En el Evangelio de Mateo, capítulo 14, leemos sobre el gran milagro de la alimentación de los cinco mil y cómo Jesús enseñó a la multitud todo el día. Al anochecer, Jesús envió a sus discípulos al otro lado del lago, mientras despedía a sus oyentes.
¿Qué habríamos hecho en el lugar de Jesús después de un día así? Sin duda, nos habríamos tomado un descanso. Pero ¿qué hizo Jesús? «Y después de despedir a la multitud, subió al monte a orar solo. Y al anochecer, estaba allí solo» (Mateo 14:23). Después de un día tan agotador, Jesús se tomó la molestia de subir a una montaña para tener comunión a solas con su Padre. Incluso Jesús, el Hijo de Dios, dedicaba tiempo a la oración por la noche.
La pelea
A veces, una oración fluye con facilidad de nuestros labios y nuestra alma se llena de alegría. Pero también hay momentos en nuestra vida de oración en los que no podemos pensar con claridad. Es precisamente en estas situaciones que solemos limitar nuestra oración a lo mínimo indispensable y centrar nuestra atención en otras cosas. Sin embargo, no es ningún secreto que durante la oración se libra una batalla espiritual.
El apóstol Pablo describe esto vívidamente en el sexto capítulo de su Carta a los Efesios. A partir del versículo 10, se presenta la armadura de Dios y sus componentes individuales. En el versículo 11, señala que necesitamos toda la armadura para poder resistir las astutas maquinaciones del diablo.
Tras presentar toda la armadura, Pablo escribe: «Orad en todo tiempo en el Espíritu, con toda oración y súplica. Velad, pues, con toda perseverancia, rogando por todos los santos» (Efesios 6:18). Esto significa que la oración es parte integral de la armadura, aunque no se le dé un componente figurativo. Por lo tanto, en la oración aprendemos a usar correctamente nuestra armadura.
Si ahora añadimos el versículo 12 como explicación, leemos que no luchamos contra algo visible, sino «contra los principados y las potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas y contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales» (Efesios 6:12b). Si el campo de batalla se encuentra en las regiones celestiales, entonces debemos estar en contacto constante con quien supervisa este reino para distinguir las fuerzas espirituales del mal de las fuerzas espirituales del bien.
Otro ejemplo nos muestra a Jesús poco antes de su crucifixión en el Huerto de Getsemaní. Allí leemos sobre una lucha que Jesús libró en oración. «Y estaba en agonía, y oraba con más fervor; y su sudor era como gotas de sangre que caían hasta la tierra» (Lucas 22:44).
Aquí vemos la intensidad de la oración de Jesús. Sus efectos eran visibles incluso en su cuerpo. Tras regresar de su lucha con sus discípulos y encontrarlos dormidos, Jesús les advirtió que permanecieran despiertos para no caer en la tentación (cf. Lucas 22:46).
Por lo tanto, podemos concluir que durante la oración se libra una batalla sobrenatural que a veces no percibimos, pero que tiene un gran efecto. Pues el mundo oscuro teme el arma de la oración porque lo desarma.
Postura de oración
Agobiados por las preocupaciones cotidianas, nuestras oraciones a menudo solo van en una dirección: peticiones como «Por favor, dame», «Por favor, protégeme», «Por favor, no dejes que esto pase» o «¿Por qué está pasando esto? No lo entiendo», y muchas más. En definitiva, es nuestro privilegio como hijos de Dios poder pedirle algo a nuestro Padre.
Pues Jesús mismo enseñó a sus discípulos en el Padrenuestro a presentar también sus peticiones a Dios. Sin embargo, la oración no comienza con una petición, sino con la glorificación del Dios todopoderoso (cf. Mt 6,9). Inmediatamente después, Jesús indicó que Dios tiene la última palabra.
Finalmente, debemos orar: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mateo 6:10b). Se distingue claramente la posición del que pide y la del que da. Y eso nos beneficia, porque Dios conoce nuestro futuro mejor que nosotros y siempre decide lo mejor para sus hijos.
Además, la Palabra de Dios nos llama directamente a presentar nuestras peticiones ante el trono de Dios con acción de gracias: «No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias» (Filipenses 4:6). Mantener esta actitud en la oración a veces no es fácil.
Esto me quedó claro después de un experimento. Durante mi juventud, mi grupo de jóvenes y yo comenzamos un experimento en nuestras oraciones diarias: dejar de lado nuestras peticiones y combinarlas con la acción de gracias. Inspirados por el pasaje bíblico del Salmo 42:5, donde el salmista insta a su alma a estar tranquila y a depositar su esperanza en Dios, porque le agradecería en el futuro, cambiamos la forma de nuestras oraciones.
En lugar de orar: "Por favor, ayúdame con el examen", orábamos: "Gracias, Dios, por ayudarme con el examen". Todas las peticiones debían ir acompañadas de acción de gracias. El examen duró una semana. Nos sorprendió la frecuencia con la que nos resultó difícil ofrecer a Dios un sacrificio de acción de gracias durante ese tiempo, antes de experimentar el efecto. Nos sorprendíamos repetidamente dejando que las peticiones y las oraciones de autocompasión nos dominaran.
Pero dar gracias es una hermosa ofrenda a Dios y un estímulo para nuestra alma.
Otro enemigo de una actitud sincera hacia la oración es el formalismo. ¿Quién no lo ha experimentado? Sentado a la mesa, te preguntas desesperadamente si ya se ha rezado la bendición antes de comer. Así que, para mayor seguridad, la repites, solo para escuchar: «Pero si ya la dijimos».
¿Nuestra respuesta rápida? "Como sea, más vale prevenir que lamentar". Pero en secreto sabemos que algunas oraciones son tan rutinarias que las recitamos mecánicamente, sin corazón, sin pensar. Y aquí es precisamente donde surge la pregunta crucial: ¿Es esa oración realmente agradable a Dios?
En Santiago capítulo 5, versículos 16 al 18, Santiago describe cómo Dios, mediante la oración de Elías, cerró los cielos y la lluvia se detuvo durante tres años y seis meses. ¿Qué le permitió a Elías realizar una obra tan grandiosa con una sola oración? La respuesta se encuentra en el versículo 16b: «La oración del justo es poderosa y eficaz». No es la extensión ni las palabras elegidas lo que marca la diferencia, sino la sinceridad y la seriedad necesarias.
Tiempo de tranquilidad: un bien no negociable
A menudo oímos hablar del tiempo de tranquilidad y de lo importante que es incluirlo en nuestra rutina diaria. Pero ¿por qué se le da tanta importancia? ¿Y cuáles son sus beneficios? Para comprenderlo mejor, permítanme describirlo con un ejemplo.
Imaginemos que conducimos por una autopista con mucho tráfico. Miramos el velocímetro y vemos que estamos a punto de parar a repostar. Ignoramos la advertencia y seguimos conduciendo a velocidad constante. Desde fuera, nadie diría que en pocos kilómetros nos quedaremos sin gasolina y tendremos que ser remolcados, lo cual sería un proceso costoso. Pero cuando el depósito está vacío, está vacío.
Así es como se puede describir, a grandes rasgos, el tiempo de tranquilidad. Es una oportunidad para abrirle nuestro corazón a Dios y también para recibir fuerza para el camino que nos espera. Es precisamente en esos momentos de unión que Dios nos revela cosas ocultas y fortalece nuestra fe. Pero el enemigo se esfuerza por impedirnos disfrutar de este tiempo.
En el libro de Daniel, capítulo 6, leemos que Daniel oraba con frecuencia. Incluso arriesgaba su vida al hacerlo. Pero ¿por qué fue Daniel tan fiel en este asunto? Sabía que oraba a Aquel que tiene la muerte y la vida en sus manos y que dependía completamente de él.
Y es precisamente este sentido de dependencia el que a menudo nos falta. Creemos que podemos dominar el camino de nuestra vida solos y nos sorprendemos cuando las cosas se paralizan de repente. Jesús también les indicó a sus discípulos que buscaran sus aposentos tranquilos: «Cuando ores, entra en tu aposento, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto. Entonces tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará» (Mateo 6:6).
Especialmente durante nuestra juventud, Dios nos da muchas oportunidades para reunir valiosas fuerzas para el resto de nuestras vidas. Porque al formar nuestras propias familias, surgen muchos otros desafíos que también exigen nuestro tiempo. Y estamos aún más agradecidos cuando podemos recurrir a la sabiduría del pasado.
Los sentimientos deben tratarse con precaución.
Probablemente todos nos hemos preguntado alguna vez si Dios escucha nuestras oraciones. ¿En qué basamos nuestra decisión de si Dios nos ha escuchado o no? Cuando sentimos la presencia de Dios en la oración y nuestros corazones rebosan de alegría, tenemos la certeza de que nuestra oración ha llegado al cielo. Pero también hay momentos en que orar es muy difícil y sentimos que nuestra oración no alcanza el cielo.
Por supuesto, debemos examinarnos constantemente y eliminar el pecado de nuestras vidas, lo cual crea una separación entre Dios y su creación. Pero hacer que la eficacia de una oración dependa de nuestros sentimientos a veces puede ser engañoso.
Una vez aprendí esta lección. Durante un período difícil lleno de pruebas, fui a mi habitación, deprimido, y le abrí mi corazón a Dios. Sin embargo, después de terminar la oración, mi estado de ánimo permaneció inalterado. Poco después, volví a orar. Quería librarme de la opresión, pero no funcionó.
Durante otra oración, Dios me habló a través de un vaso, diciéndome que había escuchado mis oraciones en mi angustiosa situación. Aprendí de esto que mi bienestar personal no afecta el poder de la oración y no es decisivo para que Dios la escuche o no.
Por otro lado, está la llenura del Espíritu Santo. Cualquiera que piense que la ausencia de esta llenura no es un asunto serio debe ser advertido. Hay períodos en nuestra vida en que esta llenura falta. Sin embargo, esto no debe convertirse en un estado permanente.
Como ya se mencionó, la oración es una lucha. Y la búsqueda de la plenitud espiritual debe ser la meta. Porque en esos momentos, el Espíritu se apodera de la oración y uno emerge fortalecido. Sin embargo, si descuidamos la búsqueda de la plenitud, esto puede llevarnos a esforzarnos por experimentarla mediante otras prácticas.
Desafortunadamente, el enemigo ha logrado difundir esta falsa creencia en casi toda la tierra. Por ejemplo, se intenta crear sentimientos mediante canciones que simulan una verdadera llenura del Espíritu Santo. Pero cualquiera que haya experimentado la verdadera llenura del Espíritu Santo estará de acuerdo en que no hay mayor gozo que experimentar la cercanía y la gloria de Dios en la oración.

La oración siempre debe ser una decisión consciente que debo tomar cada día. Fuente de la imagen: doidam10 (c) AdobeStock_275924001
Oración unos por otros
Pero nosotros, los que somos fuertes, debemos soportar a los débiles y no descuidarnos. Cada uno de nosotros debe agradar a su prójimo para su bien y para su edificación, porque ni siquiera Cristo se descuidó . (Romanos 15:1-3a)
"¡Jóvenes, son fuertes!", seguramente muchos hemos escuchado esta frase o una similar. Pero ¿qué significa realmente? Los jóvenes forman una comunidad fuerte cuando viven según las enseñanzas de la Biblia. Y eso es precisamente lo que constituye su fuerza. Como ya se mencionó, el apóstol Pablo insta a la iglesia de Roma a apoyarse mutuamente y no solo a cuidar de sí mismos, porque Jesús mismo no se preocupaba por su propio bienestar, sino que siempre pensaba en sus semejantes.
Pero, ¿cómo se vería esto en la práctica? Imaginemos que un joven abandona la comunidad y se refugia en el mundo exterior. ¿Qué tipo de compasión nos despierta esta situación? ¿Nos arrodillamos y nos interponemos? ¿O estamos tan preocupados por nosotros mismos que ni siquiera percibimos adecuadamente nuestro entorno?
Pablo quiere advertirnos sobre esto. Los jóvenes tienen la maravillosa oportunidad de apoyarse mutuamente en la oración. Y es precisamente en esta sólida comunión de oración que Dios ha movido a muchas almas a la conversión. He sido testigo de ello.
La fe juega un papel crucial.
La fe juega un papel central en nuestras oraciones. Debemos creer que Dios no se equivoca y que hace todo lo posible para acercar a sus hijos a sí mismo. La Carta a los Hebreos lo describe así: «Y sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a quienes lo buscan con sinceridad» (Hebreos 11:6).
Esto significa que es imposible encontrar a Dios sin fe. A veces nos cuesta aceptar algo con fe mediante la oración. Pero aun así, podemos pedirle a Dios que fortalezca nuestra fe. Y descubriremos que la fe seguirá creciendo a través de cada prueba.
Diploma
Ciertamente, este breve informe no ha aclarado completamente todos los aspectos de la oración. Sin embargo, vemos cuán en serio Dios toma la oración y la comunión. En resumen, podemos decir que una simple oración, dicha con fe, puede mover montañas. Dios desea una relación honesta y sincera con sus hijos. No necesitamos fingir, especialmente al orar. Él conoce a sus hijos de todas formas.
Este informe pretende motivarnos a transformar nuestra vida de oración, si aún no lo es, en un pilar firme de nuestras vidas, a través del cual recibimos fuerza y guía. Sin embargo, debemos ser conscientes de que el enemigo ya está impaciente, intentando frustrar nuestros planes. Pero si no le damos oportunidad y, en cambio, participamos activamente en la batalla mediante la oración, Jesús nos acompañará.
Markus Berg
Municipio de Bremen-Vahr
A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas siguen la traducción de Martín Lutero (2009).
